CINDERELLA MAN  —  El héroe pugilístico de la "Gran Depresión"
Un cuento de hadas en el país de las maravillas



La historia está llena de grandes boxeadores surgidos del anonimato que dejaron su huella no sólo en el ring, sino en la memoria de muchos adeptos al deporte de las cuatro cuerdas. No obstante, a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta del siglo XX, las campañas antiboxeo impulsadas desde diferentes frentes alimentaron el descrédito del arte pugilístico, diezmando las huestes de seguidores de este ancestral deporte.

C
omo resultado, el boxeo se encasilló en la franja de las manifestaciones deportivas consideradas violentas. El desconocimiento del reglamento también favoreció la propagación de la mala fama del pugilismo.

Hasta esa época, tanto el futbol como el boxeo se habían convertido en los deportes que más adeptos arrastraban; de hecho, las veladas pugilísticas concentraban legiones de incondicionales para presenciar interesantes combates en vivo. No hay que olvidar que también el boxeo fue un deporte rentable para las televisiones de todo el mundo; como ejemplo, cabe citar las retransmisiones de históricas peleas entre Casius Clay, Foreman o Frazier allá por la década de 1970, que tantos seguidores lograron reunir ante los receptores de televisión en horas punta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las contiendas de boxeo se han practicado desde la antigüedad bajo diferentes nombres, variantes, modalidades y técnicas. Algunas formas de boxeo o lucha como pankration y pygmachia se han desvanecido con el tiempo y sólo forman parte de la cronología pugilística, mientras que otras expresiones corporales de lucha se exhiben actualmente con sus propias peculiaridades, como el Boxeo Shaolín, el Kick Boxing, el Muay Thai, el Savate y el boxeo propiamente dicho.

El boxeo reglamentado actual arrastra la lacra de los deportes malditos, tal vez porque muchas veces se le compara con la versión moderna de los antiguos gladiadores o porque su desarrollo gira alrededor de un excesivo profesionalismo. Por otro lado, cada vez es más generalizada la tendencia a relacionar la práctica del boxeo con profesiones vinculadas a la seguridad, como guardas jurados, porteros de locales de ocio y policías.

Tampoco resulta fácil ser fiel a este deporte, cuando sus detractores son excesivamente críticos al enmarcar su práctica exclusivamente en ambientes de gimnasios de barrio y en el oscuro cuadrilátero de la marginación social.

Cada época ha tenido una especial intensidad en el mundo del boxeo y en todo aquello que ha girado a su alrededor. La Gran Depresión iniciada en 1929, dentro de su magnitud, no sólo generó desesperación y resultados nefastos para la población mundial; también fue una época gloriosa para el pugilismo. Muchos boxeadores modestos pudieron superar los asaltos de la penuria económica en el ring de la supervivencia diaria, no dejándose tumbar por los golpes del destino. La tenacidad y persistencia de James J. Braddock merece que sea recordado como una de las leyendas más sorprendentes y modélicas en la historia de este deporte.

 




DESDE EL PUGILATO ANCESTRAL
HASTA LA PORFÍA DE CINDERELLA MAN



Una de tantas pruebas afirmativas de la existencia del boxeo como un arte antiguo, es su localización, si bien con imprecisas trazas, en la vertiente norte del continente africano hacia 6000-5000 AC. Ciertas habilidades pugilísticas, hipotéticamente de carácter festivo o lúdico, fueron localizadas en concentraciones humanas a lo largo del valle del Nilo, hasta Mesopotamia y La India.

D
escubrimientos arqueológicos de reliquias pugilísticas halladas en la actual Irak, prueban que en 1550 AC se celebraban acontecimientos pugilísticos de atracción de masas.

Homero, en su obra La Iliadahace referencia al boxeo, un arte llegado a la antigua Grecia desde Egipto, para más tarde, hacia el 688 AC, convertirse en disciplina olímpica y deparar al primer campeón olímpico de la historia: Onomastes de Esmirna.

 
 


E
l Imperio Romano incorporó el deporte heleno a su cultura hacia el 27 AC, pero paulatinamente lo fue desprendiendo de sus características originales, convirtiéndolo finalmente en una atracción de gladiadores, hasta que en el 40 DC, la profusión del cristianismo hizo desaparecer toda forma de boxeo en el continente europeo.

La primera reseña, tras este largo intervalo, hace referencia a un combate organizado en 1681 en Inglaterra por el Duque de Albermarle. De este modo volvió a renacer el pugilismo, en que dos contrincantes a puño descubierto se enfrentaban entre sí.

En aquellos tiempos los encuentros se organizaban por dinero, empleándose muchas veces tácticas de juego sucio. De esta etapa sobresale la figura mítica del inglés James Figg, que nunca perdió un combate, consiguiendo de la gente un cambio de mentalidad, a la vez que ganaba más adeptos para el mundo del boxeo.

Fue a partir de 1743 cuando el pugilismo empezó a perder el carácter antideportivo. La reglamentación de John Broughton -considerado como el padre del boxeo moderno- supuso entre otros avances, la eliminación de los golpes bajos y en general, todos aquellos que recibiera el contrincante en desventaja, dándole la posibilidad de recuperarse en treinta segundos.

Los luchadores fueron definiendo sus estilos gradualmente, al tiempo que se establecieron clasificaciones de categorías por pesos y se introdujo el uso del guante. Las normas del Marqués de Queensberry de 1872 fueron el inicio del boxeo reglamentado, perfilándose la duración de los combates, el descanso entre cada asalto, la cuenta de protección de diez segundos y toda una serie de normas, para convertir a esta confrontación en una moderna disciplina de combate.

 
 

Paradójicamente, los enfrentamientos pugilísticos no gozaban del apoyo de las leyes inglesas de la época, por lo cual muchos boxeadores europeos decidieron emigrar a Estados Unidos en busca de mayores logros y recompensas en el ámbito profesional.

Así una humilde familia se sintió seducida por la ilusión del sueño americano, estableciendo entonces su nuevo hogar en una tierra muy diferente a su querida Irlanda. La fuerza bruta era el signo característico de los Braddock, exigencia necesaria para que el chaval Jim pudiera defenderse en las calles de Hell´s Kitchen de su personal existencia.

La vida de este fulgurante boxeador le asestó los más duros golpes, pero un día su amiga la mala suerte se distrajo y entonces surgió un campeón. Consiguió mantenerse en la cúspide durante 24 meses, desde 13-06-1935 hasta 22-06-1937, no demasiado tiempo si lo comparamos con el record mundial establecido en 140 por su compatriota Joe Louis, pero no cabe duda que su trayectoria meteórica en el mundo del pugilismo fue espectacular.

 



EL CUENTO DE HADAS DE CINDERELLA MAN

Hubo una vez un deseo alimentado en los fogones y braseros de la gran depresión, donde Braddock soñaba con ser invitado al gran baile real, danzar el vals de la mano del príncipe del triunfo y llevar una vida más digna, entre los mejores campeones americanos de ascendencia irlandesa.

Entretanto, la eventualidad de su madrastra se adornaba de una aparente subsistencia, acaparando conveniencias para tan regio baile.

Mientras soñaba entre los hollines del crack económico que sumió a muchas familias en la precariedad, las hermanastras de Jim derrochaban opulencia y lujosos y placenteros flirteos entre los grandes pesos de la aristocracia pugilística.

Un día, al son de la varita mágica, el hada madrina apareció envuelta por un destello de oportunidad, transformándole su bata verde de ilusiones y su trébol blanco, en bello carromato tirado por majestuosos caballos de esperanza.

Cuando llegó al palacio Madison Square Garden Bowl aquella noche del 13 de Junio de 1935, el baile estaba a punto de comenzar y el contundente Max Baer lucía una espectacular reputación entre la corte de las cuatro cuerdas.

La multitud congregada disfrutaba las apuestas tan desiguales de diez a uno, a favor de Max Baer, el príncipe del máximo peso, mientras chismorreaba la astucia del recién llegado.

La belleza que el obrero de los muelles empleaba en su táctica ofensiva, dejó perplejo al poderoso príncipe pegador, quien no pudo resistirse al hechizo de los quince rounds de atractiva estrategia.

Finalmente, Baer vería como se le tambaleaba la corona, al tiempo que Braddock se convertía en el héroe popular de la Gran Depresión. El prototipo de ídolo boxeador -conocido por el sobrenombre “cinderella man” que le diera el destacado escritor Damon Runyon- permanece desde entonces como pieza de imitación para todos aquellos que esperan en el fogón de los sueños, la visita del hada madrina.

Después de dos años de estancia romántica en el gran salón, el reloj de palacio comenzó a sonar, advirtiendo del brusco abandono de la fiesta: cuando firmaba contrato para defender su título ante el boxeador alemán Max Schmeling, resonó la primera campanada.

 
 


S
u manager -en defensa de las organizaciones judías que veían al boxeador germano como a un ciudadano de la Alemania Nazi- rehusó el contrato, para a continuación firmar un compromiso con Joe Louis y disputar el título mundial. El 22 de Junio de 1937 se produjo la mayor atracción deportiva del momento, al tiempo que el reloj de palacio avanzaba en la cuenta.

Cuando sonaba la octava campanada, el aspirante Louis dejaba fuera de combate a “cinderella man”. Lo bueno es que la reputación de Braddock nunca sufrió menoscabo por su señalada derrota, a pesar de que ya se escuchaban las últimas campanadas en el reloj del gran salón.

Mientras abandonaba apresuradamente el palacio y su cortejo se desvanecía por el camino, advirtió que había perdido una efímera zapatilla de cristal, reconociendo por el sendero de regreso, haber soportado más castigo entre el cuarto y octavo asalto que todo el que había recibido en su carrera deportiva.

Ya en casa, mientras realizaba otras faenas, soñaba con los ojos abiertos, esperando que un día se presentara un recadero de palacio y le calzara la zapatilla perdida en el gran baile.

 

Después del combate que ganó a Tommy Farr el 21 de Enero de 1938, fue animado por su esposa Mae para abandonar definitivamente el mundo del boxeo, retirándose con un registro de 52 victorias de 84 combates, incluyendo 28 victorias por fuera de combate y 21 derrotas, pero fue en 1964 cuando el mensajero real apareció en su casa, calzándole la zapatilla de la celebridad, permaneciendo desde entonces en el Boxing Hall de la Fama.

Don Parker, periodista del New York Daily Mirror escribió acerca de Jim Braddock y su histórico destronamiento: “la exhibición de valor que el galante anglo-irlandés exhibió antes de que el rayo final le golpeara la mandíbula, despertó la admiración y la compasión en los corazones de toda la multitud”. Bella alegoría que rubrica el sentimiento popular de admiración y cariño hacia el hombre que una vez asistió a palacio sin ser invitado, y bailó toda la noche con el príncipe de la fama.


EL LADO MENOS FANTÁSTICO DE JIM BRADDOCK

Nació el 6 de Diciembre de 1905 en Nueva York. Dejó el colegio a los catorce años para ponerse a trabajar. Su hermano Joseph que ya conocía el boxeo en el terreno profesional, le animó para que se adentrara en el mundo pugilístico.

De esta manera, a los diecisiete años se estrenó en el boxeo amateur con la supervisión de su hermano, ganando más de cien campeonatos amateur. Ya en el mundo profesional, nunca fue derrotado en sus primeros treinta y ocho combates, siendo destacadas sus victorias sobre Pete Latzo en 1928 y Jimmy Slattery en 1929, pero su declive se inauguró el 18 de Julio de 1929, cuando desafió al campeón Tommy Loughram en el Yankee Stadium, siendo derrotado fácilmente.

Entonces comenzó a cosechar hasta 1933 una serie de derrotas superiores en número al de combates ganados, por lo que su nombre fue desapareciendo de las listas de popularidad.

En un combate celebrado el 25 de Septiembre de 1933 contra Abe Feldman sufrió una severa lesión en ambas muñecas. El árbitro no tuvo más remedio que detener la desigual contienda, a pesar de la bravura y pundonor de Braddock, por considerar inhumano el pelear en estas condiciones. Como su solvencia económica no le permitió someterse a la operación que necesitaba para continuar boxeando, tuvo que abandonar el mundo del boxeo.

Mientras tanto, había contraído matrimonio en 1930 con Mae Fox, con la que tuvo tres hijos. Fueron momentos muy difíciles, puesto que los desastres de Wall Street se ensañaron con las familias más humildes. Para alimentar a su familia, ejerció varias profesiones como jornalero, camarero o estibador en los muelles de Hudson.

Cuando la sombra del desempleo le azotaba, recurría tanto a la ayuda de conocidos, como a la beneficencia. Desgraciadamente, estos momentos difíciles han sido vividos por muchos púgiles, especialmente después de su retirada del ring.

Más tarde Braddock decidió su vuelta al boxeo, habida cuenta además que se había curado de la lesión. El 14 de Junio de 1934 dejó anonadada a toda la multitud que había acudido a Long Island City a presenciar un disputado encuentro contra John Griffin.

A partir de aquí su carrera deportiva se colocó en lo más alto del ranking, ganando sucesivas confrontaciones, la primera contra John Kenry Lewis el 16 de Noviembre de 1934 y la siguiente contra Art Lasky el 22 de Marzo de 1935, ambas celebradas en Nueva York.

El 13 de Junio de 1935 fue una fecha importante en la vida de Braddock, proclamándose campeón mundial de los pesos pesados, al vencer en Long Island City al anterior entorchado Max Baer.

Su reinado no fue largo -marcado por un ascenso asombroso y una caída también rápida- pero lleno de constantes desafíos en un interminable combate contra las duras condiciones de vida impuestas por la gran depresión.

Así, el 22 de Junio de 1937 en Chicago, perdía ante Joe Louis su preciado galardón, no así los 500.000 dólares que le habían sido garantizados si perdía el combate, mas el diez por ciento de los beneficios derivados de la promoción de su adversario en los siguientes diez años.

Después de disputar un combate contra Tommy Farr en Nueva York el 21 de Enero de 1938 y más tarde, otro contra Clarence Burman el 26 de Marzo de 1941 en Charlotte, se retiró definitivamente del pugilismo.

Perdió la fortuna que le había deparado el boxeo, después de haber regentado varios negocios fallidos. Una vez más, Nueva York frenó sus dificultades económicas, acogiéndole como digno trabajador, pero esta vez como engrasador de la maquinaria del puente Verrazano.

Murió el 29 de Noviembre de 1974, y a pesar de que se le considera un boxeador modesto, es una figura popular del boxeo.

 

 
LA COMPLICIDAD DE HOLLIWOOD CON EL DRAMA PUGILÍSTICO

Ya los pioneros del cine mostraron sus primeros pasos en el mundo del boxeo, ofreciéndonos imágenes, desde la más grotesca parodia hasta la más trágica realidad en la componenda de resultados.

Particularmente la década de 1940 marcó un hito en la industria cinematográfica, filmándose las mejores películas de boxeo: “Gentleman Jim” (1942) con Errol Flynn en el papel del púgil James J. Corbett; "El ídolo de Barro" (1949) caracterizando Kirk Douglas a un ambicioso y cínico boxeador; etc.

Después tuvimos la oportunidad de ver la cara oculta del boxeo a través de Humphrey Bogart en la notable cinta "Mas dura será la caída" (1956). Paul Newman también tuvo la oportunidad de encarnar a Rocky Graciano en "Marcado por el odio" (1956).

La irrupción del rockero Elvis Presley con su extraña mezcla de puños y baladas en Piso de lona(1962), dejó atónitos a muchos aficionados. Más tarde, un casi desconocido Sylvester Stallone saltó a la fama con su popular saga Rocky(1976) dejando atrás papeles secundarios en diversas producciones.

También Robert de Niro aportó su contribución en Toro Salvaje(1980) dando vida a Jake La Motta. Incluso Denzel Washington interpretó en la pantalla a Reuben Carter con la cinta Huracán Carter(1999).

 
 

La alianza entre la meca del cine y el pugilismo ha tenido igualmente otra razón de peso pesado; así Cassius Clay fue inmortalizado en la pantalla por el actor Will Smith en la obra testimonial Ali(2001).

Un día Clint Eastwood se sintió fascinado por la lectura de un guión cinematográfico, esta vez de una heroína del ring, y pensó que era una buena historia para llevarla a la gran pantalla. El drama de Million dollar baby(2004) utiliza el pretexto del boxeo para mostrar la soledad y la melancolía; y cuando suena la campana del ring, comienza el enfrentamiento de la protagonista con otra realidad, transformando su sueño millonario en controversia.

Así llegamos a Cinderella Man(2004) donde Russell Crowe emula el perfil presionador de James J. Braddock con su habitual carga de dinamita. La sensualidad de Renée Zellweger y su chispa voluptuosa complementan el deslumbrante gesto visual que el actor neozelandés irradia para dar vida a un hombre de espíritu guerrero que osó enfrentarse a un sinfín de desdichas y calamidades.

Había una vez una extraordinaria vivacidad interpretativa de Crowe, idónea para robustecer la fascinante vida de un hombre sencillo, simpático y honrado.  Esa capacidad natural desprendía el aroma del éxito desde el primer fotograma. Mientras tanto, una nebulosa estela de gratos recuerdos se apoderaba del sentimiento común y un placentero sabor de los locos años treinta aparecía en el horizonte.

También era evidente nuestra complicidad con un hombre que alcanzó el profesionalismo del boxeo de una manera no convencional, celebrando su triunfo y llorando su derrota. Pero también éramos conscientes que como ha ocurrido en muchas otras historias, se anhelaba un final feliz. Al fin y al cabo, lo importante es que Cinderella Mantiene varias lecturas posibles.

Si todavía los románticos creen que todos fueron felices y comieron perdices tal vez en eso no estén muy descaminados, aunque el final de cualquier historia llevada al cine, no siempre va acompañado de tracas y multicolores destellos en el firmamento.

 
 


UN CUENTO DE HADAS EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

E
l gran desafío de Cinderella Man no es precisamente la visión que los guionistas hayan podido tener sobre un deporte considerado violento, sino que hayan sido capaces de mostrar la ternura de un boxeador rodeado por su ambiente hostil. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el público no profesa una especial predilección por los dramas.

No debe sorprender el hecho de que hoy interesan más los filmes basados en la espectacularidad de los efectos especiales, las explosiones imprevistas, las persecuciones y toda una serie de aditivos donde el diálogo es lo de menos. En el drama de Cinderella Man, el dialogo puede surgir muchas veces como un poderoso golpe contra un mundo que le cierra las puertas al personaje, pero también puede ser ahogado por el silencio y el enfrentamiento interior con el ser supremo.

En la cadena de infortunios y calamidades de los Braddock, día a día el irlandés se alimentaba del sentimiento de confrontación, sin darle oportunidad a la duda por su mala suerte.

En medio de la plática y del mutismo del personaje, haciendo una combinación de aspectos emocionales, físicos e intelectuales, Russell Crowe trabaja hábilmente con los ojos y en silencio ante la cámara, adentrándose de tal manera en el personaje que parece el verdadero, confirmando su capacidad y entrega para hacer filmes únicos.

La historia está llena de películas que basan sus argumentos en la psicología de sus personajes; sin embargo el drama está presente en casi todos los géneros cinematográficos y puede verse un hilo argumental de carácter dramático tanto en una comedia, un western, un documental o una película épica.

La emotiva “Casablanca” es un drama y un romance con la excusa de la guerra como fondo; también el romanticismo de “Lo que el viento se llevó” está teñido de dramatismo; asimismo “El paciente inglés” o “Memorias de África”, desde una perspectiva dramática, son dos historias de amor… Cinderella Man es el conmovedor drama de un hombre que demostrando una inmensa dosis de coraje, lucha por alimentar a los miembros de su familia sin otro romanticismo que tenerlos a todos reunidos. La película nos muestra un marco de cosas del pasado que nos sirven para poder juzgar lo que ahora disfrutamos - y de paso- darnos cuenta que hasta en los países más ricos, el bienestar no es un invitado permanente.

La mirada retrospectiva de Cinderella Man es una narración intensa y emotiva del triunfo humano sobre la miseria, aunque el patetismo de los viejos esquemas del cine negro -donde se mostraba la atmósfera de los bajos fondos y la corrupción- ha sido sutilmente sustituido por el comportamiento noble de un personaje cuya principal virtud era su propia dignidad. El filme tiene una lectura de moraleja en la que no tienen cabida personajes carentes de honradez y dignidad humana.

La narración es de un talante pro-Braddock y por tanto, la agresividad que el Bulldog de North Bergen exhibe en el ring surge de algo noble. Si los guionistas hubiesen escrito la historia de Braddock de forma imaginaria, probablemente nadie la creería; parece demasiado trágica para ser cierta. Como siempre, las historias dramáticas parecen más un producto de la fantasía que una relación de hechos reales.

Gracias a los avances sociales logrados en el último siglo, vivimos en una sociedad anclada en el estado del bienestar y la situación privilegiada de los tiempos actuales podría impedir valorar adecuadamente las prioridades vitales y los valores éticos de Braddock; incluso nos podrían resultar ingenuas por sus similitudes con los sueños imposibles.

El filme revive el dramatismo del abandono familiar con el testimonio de una valla publicitaria; a un lado, discurre la rendición incondicional de un anónimo ciudadano, al otro, una mujer haciendo acopio de madera; quizás más tarde, el calor de la estufa ahuyentará el gélido temor de un impredecible abandono del cabeza de familia.

Con el tiempo, este tipo de tragedias se convierten en fantasías y nos complacemos con el edulcorado recuerdo del hombre que una vez se subió al tren de la segunda oportunidad para convertirse en un héroe de masas capaz de superar a la ficción.

Miles de americanos no pudieron resistir, tanto físicamente como emotivamente, el golpe del desastre económico de 1929. Muchos optaron por el suicidio como un desesperado intento de acabar con todo, o con la esperanza de beneficiar a sus familiares con algún seguro de vida.

Otro grupo no corrió con esta suerte y tuvo que compartir el resto de su vida con el fantasma de la locura, si bien muchos ciudadanos, incapaces de soportar la presión, optaron por abandonar a sus familias en los peores momentos.

 

 

EL ESCENARIO DONDE SE CONSTRUYÓ EL CAMPEÓN

Los años 20 se ganaron el calificativo de locos y lo fueron todo, con la excepción de normales. Los Estados Unidos de América celebraban la finalización de la I Guerra Mundial y se auguraba un largo ciclo de bonanza para esta época dorada, especialmente para los grupos sociales más favorecidos.

La gente joven quería olvidar los horrores de la primera guerra mundial, adoptando una vida más frívola en la que la música jugó un papel importante.

Luis Armstrong paseó su cornetín por las salas de fiestas y la música de jazz se convirtió en la compañera inseparable de cabarets y night-clubs de moda.

 
 

Fue una década en que la sociedad se contagió por una forma frívola de vivir, abandonando costumbres tradicionales de comportamiento y adoptando una desmedida sensualidad.

También fue una década revolucionaria para las mujeres, atisbándose una cierta liberalización sexual. La implementación de actitudes veleidosas en el maquillaje exagerado y el vestido ajustado se convirtieron en algo natural, así como el sensual y sugerente cigarrillo entre los labios.

La prohibición de bebidas alcohólicas en 1920 provocó la venta clandestina por doquier y muchos mafiosos amasaron fortunas con la venta ilegal de alcohol.

Bajo el imperio de la ley seca, se abrieron miles de bares clandestinos por toda la nación y como resultado, se organizó el “sindicato del crimen” en el que familias de ascendencia judía, irlandesa o italiana controlaban más de la mitad de lo que resultó ser un negocio bastante lucrativo.

El 17 de Enero de 1920, el senador A.Volstead pronunció un discurso a modo de cruzada moral y fundamentalismo, anunciando que esa misma noche, a partir de las doce nacería una nueva nación. No se equivocó, pues el resultado de la “ley seca” fue la corrupción, la mafia y la muerte.

Antes de que la ley fuera abolida en 1933, el consumo de alcohol industrial desnaturalizado desviado para su comercialización en forma de licor, había provocado la muerte de más de treinta mil ciudadanos americanos y otros cien mil quedaron con lesiones permanentes.

Una Ley decretada por el Congreso en 1921 impuso severas restricciones inmigratorias en el país más atrayente para prosperar.

Por entonces, la sociedad USA -con una gran dosis de xenofobia- se había convertido en egocéntrica, apartando la mirada de los asuntos externos y practicando una política de aislamiento y prosperidad nacional.

El recrudecimiento del Ku Klux Klan originó el levantamiento popular y la actitud enérgica del presidente Harding en 1922 contra la secta que tenía aterrorizados a negros, judíos y emigrantes; aún así, la organización secreta racista llegó a agrupar en 1925 a varios millones de personas, sobre todo en los estados del sur, extendiendo su terror colectivo de intimidación, violencia física e incluso el asesinato sobre la población negra.

En 1923 el célebre pianista de Jazz James P. Johnson compuso una canción a la que bautizó “Charleston” y pronto se convirtió en el fenómeno musical de masas y el nuevo género de baile universal.

En 1924 se agravaron las medidas para el control de la emigración con la promulgación de un contingente de cuotas.

También 1924 conoció el nacimiento de la Metro Goldwyn Mayer; posteriormente, otras compañías cinematográficas se agruparon y los grandes estudios de superproducciones cinematográficas encandilaron al mundo con su glamur.

El enjuiciamiento de John T. Scopes en el “juicio del simio” marcó un hito en 1925. La enseñanza de la teoría de Darwin en las escuelas públicas había sido un choque entre los valores tradicionales del conservadurismo y las ideas modernas. Al tiempo, no había una orquesta de baile en los Estados Unidos que no tuviera en su repertorio el “Charleston” como pieza musical.

La “Venus negra” Joséphine Baker lucía sus bailes, su voz y su cuerpo por todos los escenarios, causando el estupor entre las damas de la alta sociedad y la industria del cine explotaba su filón con el género del cine musical.

La sospecha de prácticas comunistas, socialistas o anarquistas fue una justificación de las clases dirigentes para reprimir a radicales políticos foráneos. La desconfianza hacia los extranjeros y el pensamiento de anarquismo de todo lo que olía a europeo culminó con la ejecución de Sacco y Vanzetti en 1927, en base a pruebas muy dudosas.

El Chrysler Building de 77 pisos fue construido entre los años 1928 y 1930, convirtiéndose en otro emblema de la prosperidad y afluencia de riqueza en las clases altas, pero en contraste con edificios paupérrimos y la indigencia de los sin casa.

La prosperidad de los años 20 quedó reflejada en una sociedad volcada al consumo de electrodomésticos, automóviles y textiles sintéticos. El sector de la automoción había llegado a millones de americanos de la mano del “Modelo T” de Henry Ford y todo parecía indicar que la balanza entre la producción y la distribución de la riqueza estaba equilibrada.

Como había mucho dinero disponible para invertir, la gente se arriesgó en la especulación imprudente de los mercados de valores. La demanda suscitó que las acciones alcanzaran un precio más allá de su valor y los inversores podían hacer fortunas de la noche a la mañana o quedar en la ruina -con la misma rapidez- si las acciones caían.

La oferta de productos agrícolas y manufacturados era mayor de lo que el mercado podía absorber y el pobre resultado de algunas empresas provocó el descenso en las cotizaciones.

El temor a las pérdidas de algunos inversores acarreó la venta generalizada de títulos y entonces la oleada de venta de acciones provocada por el pánico, arrasó la Bolsa de Valores de Nueva York aquel jueves negro24 de Octubre de 1929 y miles de bancos y sociedades mercantiles se hundieron en la bancarrota.

Aunque el presidente Herbert Hoover trataba de tranquilizar a la población asegurando que la recuperación estaba a la vuelta de la esquina, lo cierto es que los estadounidenses se estaban enfrentando a la peor crisis económica de los tiempos modernos.

A pesar de que algunos grupos financieros liderados por J. P. Morgan trataron de detener la caída comprando acciones, lo cierto es que en 1932 se alcanzó el mínimo histórico.

La retirada de depósitos de las instituciones financieras originó falta de liquidez no solo para conceder créditos a las empresas en apuros, sino además, para atender a la masiva retirada de depósitos de sus clientes.

La subida de impuestos -para mantener el equilibrio del presupuesto federal- y la subida de los tipos de interés para evitar la fuga de capitales, fueron el resultado de una política contraproducente de las autoridades políticas. Estas medidas agravaron la crisis por la falta de previsión y reacción adecuada, arrastrando consigo a millones de obreros que se quedaron sin trabajo.

James J. Braddock, como la inmensa mayoría de sus conciudadanos, había invertido la mayor parte de sus ahorros en el mercado de valores, perdiéndolo finalmente todo. Nos queda la lección digna de un hombre, para quien el trabajo es algo honorable. Cuando Braddock restituye hasta el último centavo recibido de la caridad, le honra su integridad y autoestima y eso conforta, porque la humildad es una virtud que no se gana en el ring. 

 
 

 
LAS ESCENAS CULMINANTES DEL FILME


Sin duda, las escenas más emocionantes de Cinderella Man se centran en el añorado y decisivo combate de Braddock. Puede decirse que el combate para la disputa de los pesos pesados es el principal argumento de la película.

A pesar de que previamente se conoce el resultado del combate, es admirable constatar de que manera nos podemos sugestionar con el sentimiento de superación y de lucha del protagonista.

Lentamente van haciendo mella en nuestra desesperación los quince rounds y aumenta un sentimiento de identificación y complicidad con el contendiente Braddock.

Podría ser que siempre la compasión nos inclina hacia el más débil, pero también sabemos que el Buldog de Bergen no es un débil, y que cada día ha debido librar otro nuevo combate contra un potente rival, el infortunio, usando la mejor de sus técnicas, su propia dignidad.

En el lado contrario estaba Baer que más que un boxeador parecía una rutilante estrella de cine; de hecho, Baer llevaba una vida similar a las estrellas de Hollywood y se permitía entre otras excentricidades, tener un camerino adornado como si de un actor se tratara.

Lo cierto es que el boxeador californiano era un actor que aprovechaba cualquier oportunidad para obtener el interés de la prensa y aparecer en la cabecera de los medios de comunicación. Sus apariciones en público se seguían con interés por la prensa rosada y su nombre aparecía siempre entre los magnates de la industria del cine, directores, actores y gentes del espectáculo.

Mientras Baer descorchaba alegremente las botellas de champán entre tanto esplendor y lujo, en contraste, Braddok intentaba quitarle el tapón a la botella del desahogo familiar sin más pretensiones que la de conseguir la leche de cada día.

El guión dibuja el comportamiento de Max Baer un poco exagerado para dar realce a la representación del principal personaje. Quizás los románticos de Max Baer consideren que el guión no haya sido justo con este boxeador, presentándolo en la pantalla como un vicioso, camorrista, mujeriego y provocador que exhibe sin escrúpulos su falta de virtud.

En realidad, el retrato de Baer es una pincelada expresionista de un púgil, que por ser un gran pegador ha llegado a lo más alto, donde el éxito le sonríe y le colma de todo lo que puede desear. En ese mundo ilusorio donde se lucra el boxeador del momento, ocurren muchas cosas a su alrededor: es venerado como un ídolo por un ejército de seguidores que se devanan entre el amor y el odio; se rodea de guapas chicas enfundadas en costosos vestidos de seda y suaves pieles hasta la melena; bulle un tropel de beneficiados por la fama del campeón, como preparadores, promotores, periodistas, locutores de radio, etc., etc.

La fatalidad quiso que Baer noqueara mortalmente a dos de sus contrincantes y sin embargo, no se debería considerar a estas desgracias como producto de un comportamiento infame y de desprecio al adversario. Se podría interpretar la arrogancia de Baer como otra destacada extravagancia de su celebridad y el resultado del culto narcisista.

Una particularidad que define al cine americano es el tratamiento de sus personajes; por un lado, unos parecen demasiado buenos, y por el contrario, otros parecen demasiado malos. Al final ganan los buenos y de paso, una mediática lección de moralina invade la conciencia de los ingenuos espectadores. El personaje de Baer es antagónico a Braddock y para confirmar los cánones de la moral tradicional, cae finalmente del glorioso árbol de los campeones como fruto maduro, a pesar de su irrefrenable instinto de suficiencia.

La contundencia física del púgil californiano no fue suficiente para frenar los deseos de gloria del aspirante a campeón y al final pudo ver como otro hombre se abría paso entre la multitud. ¿Cuántas veces habrá Baer maldecido su mala suerte en la soledad de los campeones? Más duros debieron ser los golpes que la Gran Depresión ocasionó a los más desfavorecidos, sin que nadie le echara la culpa a la hambruna por la miseria que dejó a su paso.

 
 


ACERCA DEL DIRECTOR

Muchos críticos que han seguido la trayectoria de Ron Howard consideran que este director lanzó descaradamente un knockout hacia las estatuillas con el rodaje de Cinderella Man, debido a su obsesión por los premios de la Academia Cinematográfica.

Lo cierto es que desde pequeño ha estado ligado a la industria del espectáculo, primero como actor y más tarde como productor y director. De sus más recientes trabajos se observa el trato preferencial que le da a los valores familiares, el decoro y la afección.

Howard ha roto con los moldes tradicionales de la dirección cinematográfica, pues abandonó sus estudios universitarios de cine muy pronto; sin embargo, hace buen uso de su habilidad autodidacta y de su anterior experiencia como actor, combinando acertadamente el trabajo en equipo y su propio enfoque en los personajes que de alguna manera parecen tener todo bajo control.

 
Puede que Howard pecara un poco en su justificación sensiblera y reiterativa, excediéndose en explicaciones y en el uso del flash-back para realzar la tenacidad y los valores del protagonista; no obstante, logró un gran nivel de emoción y dramatismo.

Sin embargo, pasó de puntillas sobre las revueltas callejeras y la batalla campal entre policía y agitadores; incluso, para dar una imagen más políticamente correcta, ignoró con bastante frialdad los hacinamientos de Hooverville, concentrando su mayor esfuerzo en la mitificación de Braddock como un fenómeno de orgullo nacional.

La escena de Braddock buscando entre los heridos a su compatriota de los muelles, más bien parece el efecto de la devastación de un huracán que de una agitación debida al descontento popular; no obstante, las imágenes de Central Park dicen por si solas lo duro que pudo ser el bandazo del desastre económico con millones de norteamericanos.

La sinrazón de la miseria también tiene su lado poético y aleccionador, y como solía decir Groucho Marx: las cosas van bien cuando la gente da de comer a las palomas de Central Park, y las cosas van mal cuando la gente se alimenta de las palomas de Central Park. Entre tantas necesidades vitales, el pueblo añoraría a las palomas callejeras, pero también necesitaba a un héroe que alimentara sus sueños, demostrando como se lucha por “la leche de sus hijos”.

Afortunadamente todas las escenas, y en especial las de combate, están exentas de la cámara lenta, con la excepción del melancólico vuelo del protector bucal y algún que otro detalle reiterativo que tanto gusta al director. Ron Howard es un cineasta que desde pequeño se ha sentido atraído por los grandes boxeadores y no ha ocultado su admiración hacia Muhhanmad Alí, pero especialmente, le fascinó una historia de boxeo salpicada de tintes dramáticos en que el amor que siente Braddock hacia su mujer y sus hijos tiene la misma intensidad, esté en la cima del éxito o en lo más bajo de su lucha diaria por la supervivencia.

Las escenas de boxeo pueden parecer demasiado largas, pero no producen fatiga. Howard ha logrado mantener el interés del espectador -le guste o no el boxeo- desde el principio hasta el final, independientemente de que también conozca o no la historia de Braddock, sorprendiéndonos con una historia que parece nueva, pero construida con materiales antiguos.
 
 


DE MI HOMENAJE A RUSSELL CROWE

Había una costumbre popular que de pequeño me llamaba poderosamente la atención: en la sesión de cine de los fines de semana, el sonido corto de un timbre, primero con un tañido, minutos más tarde, con dos tañidos y en otro corto espacio de tiempo, con tres tañidos, indicaba el inminente comienzo de la película; entonces la gente rompía en aplausos, especialmente los niños.

No importaba que la película fuera una excepcional obra de arte para que los espectadores obsequiaran con un generoso aplauso el comienzo de la proyección; pero esta costumbre fue desapareciendo con el tiempo y recuerdo que en la etapa de mi adolescencia ya se había erradicado por completo esta conducta.

Pues bien, la noche del preestreno de Cinderella Man acudí a la sala cinematográfica en compañía de muchas otras personas amantes del buen cine; habíamos sido obsequiados con invitaciones para la presentación oficial de la cinta. Cuando entré en la sala y me acomodé en la butaca presentí que iba a vivir una experiencia alucinante.

Después comenzó a disminuir la intensidad de las luces de la estancia y aparecieron en pantalla algunos avances de posteriores estrenos y anuncios publicitarios; finalmente las luces se apagaron, quedando visible solamente una fila de pilotos luminosos de emergencia; entonces noté como se acrecentaban mis palpitaciones y la sala giraba toda a mi alrededor.

Verdaderamente, estaba emocionado.

 
 

A pesar de haber visto los vídeos promocionales de la película colgados en la red y de haber leído absolutamente todo aquello que tuviera relación con James J. Braddock, me quedé fascinado desde los primeros fotogramas, disfrutando la actuación de un Russell Crowe que transmitía toda la carga de humanidad de un hombre bueno que a base de sufrimiento y superación personal, soportó los golpes del destino con dignidad y confianza en sí mismo.

El filme subraya diversas situaciones que muestran a un hombre desposeído del confort y la abundancia, pero con un profundo sentimiento de responsabilidad y protección hacia los suyos.

Por un lado, que su hijo mayor decidiera combatir a su modo la hambruna robando un salami, no solamente merecía la desaprobación de su progenitor; además, lograba sin haberlo pretendido, el juramento de un Braddock seguro de si mismo, que para los tiempos que corrían, era muy difícil de cumplir. Por otro lado, esa misma promesa le arrastraría inexorablemente a suplicar unas monedas, indispensables para ver junta a su familia de nuevo.

 

La escena en la que Braddock sufre la humillación de pedir limosna en el club del Madison Square Garden me resultó muy emotiva y noté como se desmoronaba el hombre flemático que siempre he llevado dentro de mí. En ausencia de pañuelos desechables, tuve que estrujarme con los dedos las lágrimas que instintivamente me brotaron. En realidad, nunca he sabido si lagrimeé como resultado de mi imaginaria situación de verme en la piel de Braddock.

Pero fue en las escenas del gran desafío final donde perdí el control de mi mismo. Al tiempo que la cámara danzaba con los boxeadores en todo su brutal ritmo de sangre, sentí la necesidad de aferrarme fuertemente a los asideros de la butaca y hasta me olvidé de respirar.

Y vino a mi mente la imagen infantil que guardaba del héroe que siempre aparecía abordando el final feliz, al que apodábamos cariñosamente “el chico de la película” o “el bueno”. Esta vez “el chico de la película” era Russell Crowe entregado por completo y poniendo el broche final a su vistoso papel sobre un ídolo legendario del boxeo.

Ni los rounds, cuentas de protección, efectos de sonido o el entusiasmo de los espectadores del Madison Square Garden pudieron distraer mi atención sobre otro detalle: ¡guau, el manager de Braddock ! pam pam, pam, Paul Giamatti merecía una nominación para los Oscar por su interpretación realista; hasta fue capaz de nublar a Renée Zellweger, quien no pasaría de las muecas y gesticulaciones que le sugirió el guión. Después de haber visto a Renée Zellweger tan desenvuelta en el musical “Chicago” y su brillante interpretación en “Cold Mountain”, resultaba algo frustrante su comedido papel en Cinderella Man, viéndose superada por el carismático Paul Giamatti.

Con la simpatía que le caracterizaba al manager de Braddock, Joe Gould se jactaba de decir, aunque estuviera encarando algunas penurias, que hay que guardar las apariencias; en el fondo es una acertada reflexión sobre lo que los demás quieren creer de nosotros. Paul Giamatti, lanzando puños al aire y gritando como un auténtico preparador, no ha necesitado guardar las apariencias para convencernos de que su interpretación también ha sido un lujo.

Los 144 minutos de metraje se me hicieron muy cortos e intensos y cuando apenas lograba reponerme de mi emoción, aparecieron en la pantalla cortas frases de remate dedicadas al héroe de la Gran Depresión; entonces un pensamiento surgió en mi mente y recordé los timbres eléctricos de los cines de mi niñez y me brotaron unos aplausos.

Estuve aplaudiendo en solitario breves segundos, pero me parecieron siglos. Fue una situación embarazosa y sentí como si me hubiese transportado a otra dimensión; en décimas de segundo pasaron por mi mente cantidad de pinceladas y antes de que me diera cuenta que me estaba abatiendo la vergüenza, unas manos a mi lado comenzaron también a aplaudir, y luego otras, y otras, y otras… al final, todo el público acabó aplaudiendo y yo regresé al presente…

 
 

Cuando trataba de tomar conciencia de lo que estaba pasando, mi mente rescató una anterior experiencia: cada verano, nos solíamos reunir varios compañeros del gimnasio y acudíamos al cine en grupo, con bastante asiduidad.

Éramos una camarilla consolidada, con gustos afines, nos considerábamos responsables y ya habíamos abandonado la etapa de la adolescencia. Un día caluroso de Agosto la camarilla decidió ir al cine a ver el melodrama Cyrano de Vergerag, interpretado en su papel principal por Gérard Depardieu.

El argumento de la película, más que un drama, era una exaltación a la pena y al sollozo, pero de repente alguien de la pandilla esbozó una risita contagiosa y al instante, los demás se fueron animando con el mal de la risa tonta.

Fue vano el intento de imponer orden en la manifestación espontánea, pues cada vez era mayor la resonancia de las risas, extendiéndose la ola del buen humor al resto de los espectadores.

He de puntualizar que no apareció entonces ningún acomodador para componer la situación; quizás la emoción afectiva también les mantendría ocupados en la tarea de secarse las lágrimas de júbilo.

Terminó la película y todos salíamos muertos de risa del cine, mientras en el exterior, los transeúntes no salían de su asombro por la inusual escena.

Pero aquella fue una situación completamente diferente; la experiencia de Cinderella Man fue a la vez ingenua e instintiva y pudo haber tenido consecuencias que dañaran mi sensibilidad.

No sé si tengo sentido del ridículo, pero todavía saboreo el instante en que surgieron otras manos, que con su aplauso invitaron a otras, y a otras, a sumarse a mi cálido homenaje que premiaba la excelentes dotes interpretativas de Crowe y su habilidad para meterse en la piel del legendario boxeador que tanto me ha fascinado por su coraje. Tampoco tengo claro que la gente que secundó mis aplausos estuviera segura del porqué lo hacía, aunque eso no tiene importancia; para mí, lo trascendental es que logré hacer mi propio homenaje contando con la complicidad de los demás.

Después de todo, me siento afortunado por haber dado un salto imaginario en el tiempo y por haber experimentado la emoción de sentir situaciones de dureza y extrema carencia en aquellos tiempos tan difíciles. También recordaré la película como una historia auténtica rescatada de los archivos, la historia de un luchador incansable.


evangelos*